La mirada se educa

La mirada se educa; también, los sentimientos. Te das cuenta de que tu padre se queda absorto, observa algo, una nimiedad, pero que tiene su sentido, es razonable que lo mire. Pasa el tiempo y notas que a ti también te pasa. De pronto, al doblar una esquina te encuentras con un rincón precioso, o tan sólo inesperado, pero que atrapa tu atención, aunque sea sólo un momento, aunque hayas pasado a toda velocidad en el coche y hayas tenido dos segundos para verlo; pero lo has visto, lo has mirado, se te ha quedado la imagen en el cerebro y ya nunca la sacarás de tu memoria, donde la vas a guardar para volver a verla durante unos minutos, pensando sobre ello en silencio, o más adelante, quién sabe, al cabo de las semanas, meses o incluso años. En el momento del encuentro, ese algo te golpea, te paraliza unos instantes, la respiración se corta, te da un pequeño vuelco el corazón, te espolea las neuronas y las pone a trabajar: “chicas, aquí ha pasado algo y no lo podéis ignorar, no os engañéis. Procesadlo”. Y lo hacen, o no. Ahí está la responsabilidad personal en la propia educación. El fugaz instante se vuelve casi maravilloso cuando adviertes que no eres el único que lo ha visto (u oído, gustado, olido, tocado). Si resulta que la sensación es compartida por alguno de tus acompañantes, y lo notas, el silencio que sigue a lo extraordinario es tenso, casi violento, pero también sereno. Si alguien comenta algo, como dejándolo caer (“esta zona de la ciudad tiene algunos rincones muy especiales”), bien estará. Comenzará la conversación y se despertará en quien a lo mejor ha descuidado un poco su formación sentimental esa inquietud. Sé que ellos observan, y yo observaba, quizá piense. Y se agolpen recuerdos y nostalgias de la infancia feliz, asociada a olores, imágenes, imaginaciones, ruidos, voces, sabores, olores y tactos. Todo ello bien vale un comentario. Pero, si se calla, tampoco pasa nada. Porque se añadirá en la memoria aquel mutismo, la certeza de que él sabe que yo sé que él sabe y que hemos visto eso, nos hemos dado cuenta y no lo hemos dicho. En realidad, el diálogo se ha iniciado, pero por dentro. Y por eso continuará, quién sabe si hasta que ambos mueran, porque cada vez que vuelvan a doblar esa esquina y aparezca ante ellos la grata sorpresa que les deslumbró en su día, recordarán la vez primera que la vieron, y que se paralizaron un momento, y que el corazón les latió unos segundos con más fuerza, y que los dos se dieron cuenta de que les pasaba lo mismo, y aun así no dijeron nada. Eso también es educar la mirada, y los afectos.

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