Celebrar el amor

Febrero es el mes que el mercado consagra al amor desde que alguien echó un vistazo al martirologio con unos gramos más de interés que al prospecto de unos antiácidos y se percató del potencial del romano San Valentín y las fiestas populares a que dio lugar su historia, desaprovechada por la ley de la oferta y la demanda. Pese a ello, y aunque cada vez está peor visto soltar en medio de una conversación que uno está enamorado, nos resistimos, no queremos, nos negamos a rendirnos a esa idea posmoderna de que el amor no existe, que es sólo una pasión física, o psíquica, mensurable casi, reduciéndola a la excusa perfecta para justificar, a lo largo de la Historia, todo tipo de maldades y errores.

Pensamos que seguimos siendo legión los que sonreímos, aunque sólo sea interiormente, cuando advertimos las manifestaciones de Eros, reales o ficticias. Nos valen tanto los ramos de rosas como los juegos de miradas o las taquicardias. O las locuras acometidas por sorprender al amante. También, las imágenes de tiernos ancianos que se siguen entregando el uno al otro en su decrepitud o la impetuosidad intensa de dos jovencitos. Y, por supuesto, los besos. Y los libros de amor. Todo aquello que alimente las ganas de hacerse vulnerable a quien conquiste nuestro cuore.

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