La rosa

Arrancó el coche, que aún tenía aquella luz rota. Debía llevarlo al taller. Pero ahora estaba cerrado. “Maldito virus”, masculló. “A saber hasta cuándo estará sin abrir”. No importaba. Ahora tenía algo más importante que hacer. Además, ¿de qué le servía quejarse? No se puede luchar contra una pandemia. Al menos, no uno solo.

Por eso, salió del garaje y condujo unos minutos hasta llegar a aquel barrio, no muy lejano del suyo. Aparcó enseguida, cuando un jueves normal aquello habría sido toda una hazaña. Pero nada era ya normal. Se acordó de sacar del coche una bolsa de plástico. Si no podía demostrar que había salido para comprar en el supermercado, la Policía podía multarle. “Quédate en casa” era el mantra más repetido en la televisión, radio, redes sociales, anuncios y hasta en canciones de reggaetón. El eslogan iba en serio: todo un Estado se empeñaba en contener al máximo el virus, y con razón.

Por eso, puso en marcha su plan aprovechando que, cuando fue a comprar diez días atrás, aunque llenó un carrito entero del Carrefour, previendo no volver a pisar la calle en un par de meses, se olvidó de la leche. ¡Bendita fatalidad! Además, podía aprovechar para hacerse con otros seis rollos de papel higiénico, que iba camino de convertirse en el nuevo oro para los madrileños.

Fue al supermercado que había previsto y allí, en la entrada, como siempre, estaba él. El rumano encantador, desdentado, sesentón, que pedía limosna. Hizo la compra y al salir, dio unas monedas al viejo mendigo, que seguía con su mercancía de siempre expuesta, perfecta.

-¿No estás en casa?

-No, gracias, gracias.

-¡Deberías! ¡Cuídate!

-Sí, mañana, casa- le prometió, o, quién sabe, le mintió.

Cargando con los cartones de leche y el papel higiénico, se desvió del camino de vuelta al coche. Paró frente al número 4 de la calle, y al ver el portal abierto, quiso entrar, pero, ay, se topó con el portero, que, atento, salió de la garita donde estaba casi escondido.

-Hola, ¿a dónde va?

-Hola. Entro sólo un momento y enseguida salgo, si le parece…

Torció el gesto el buen empleado. ¿No se lo tragaba?

-Va sin mascarilla. Y sin guantes- se le acercó un poco-. Es que aquí los vecinos están un poco preocupados por el virus, ¿sabe?- dijo, bajando la voz.

-No se preocupe, será sólo un segundo- aseguró.

El otro torció el gesto, miró alrededor, temiendo ser observado por casualidad por algún vecino especialmente quisquilloso, pero cedió. Ya sabía que era inofensivo, que no haría nada malo y que sí, que sería sólo un momento. A fin de cuentas, no era la primera vez que hacía lo que se disponía a llevar a cabo.

-Está bien- y le dejó el paso libre.

Aliviado, le dio las gracias, muchas gracias, y subió los escalones del portal de dos en dos. Pasó delante del tablón de anuncios, con varios mensajes de estudiantes que se ofrecían a hacer la compra a los mayores del edificio y se plantó delante de los buzones.

Dejó la rosa y la carta garabateada a toda prisa en el suyo, el de ella, dio la vuelta y se fue.

-Gracias, ya me voy.

-Está bien, hasta luego.

-Cuídese.

Salió a la calle, se dirigió a donde estaba aparcado su coche y condujo hasta su casa. Durante todo el camino y las horas siguientes y aun durante días después, pensó, deseó, rogó, que ella no hubiese hecho hacía poco una compra de dos meses en el supermercado, que se le hubiera olvidado la leche, que le hiciera falta papel higiénico, o que hubiera decidido salir todos los días a caminar o a rezar a la iglesia.

Que pasara delante del buzón pronto, antes de que la rosa, fresca, recién traída de algún vivero para venderse a la entrada del Supersol, se marchitase.

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