El héroe

Raspándose las manos con la árida piedra de la fuente, se levanta y se apoya en su bastón. Tarda alrededor de medio minuto en girar y comenzar a andar, doblado sobre sí mismo. Despacio, muy despacio, prácticamente arrastrando los pies unos pocos centímetros cada vez, camina bajo el cielo despejado. Los rayos del sol le iluminan cuando se filtran por las ramas de la higuera que hay en la plaza, pero no le ciegan, porque él va mirando al suelo, vencido por la ciática, incapaz de levantar la mirada y concentrando todas sus energías en llegar a su destino. A su alrededor los niños juegan, los vecinos se saludan, el cura observa y los adolescentes se hablan a gritos. Y él se va arrastrando silencioso hacia la iglesia.

Se sienta frente al sagrario y allí está. Nadie sabe cuánto tiempo pasa el anciano en su banco, casi siempre el mismo. De piel pálida, casi amarillenta, con escaso pelo lacio, blanco, con su gorrilla, frágil, tembloroso, permanece en silencio; a veces de rodillas, a veces sentado, cuando consigue levantarse con inmenso esfuerzo y siempre con ayuda. Pero cómo se arrodilla usted, hombre, quién le manda, no hace falta, le dicen. Y él mira al parroquiano, amaga una sonrisa y agradece con un gesto. Y al rato vuelve a arrodillarse. Vuelta a empezar. Siempre con la vista clavada donde sabe que está el Santísimo. Entran y salen feligreses, parlotean las mujeres a su lado, el sacristán va y viene, se arremolinan cada poco varios ante la talla de la Virgen. Y él, siempre, como una estatua, mirando fijamente la pobre caja donde se esconde su Dios. Concentrado como cuando camina.

No falta ningún día a la cita. No tiene hora fija, pero todas las tardes se le puede encontrar en algún momento en la iglesia. Provoca en quienes le ven la misma ternura que intranquilidad, porque parece que se va a romper un hueso a cada movimiento, como un lagarto del desierto. Es discreto: no habla, salvo que le pregunten, y entonces menea la cabeza o el bastón y, si no hay más remedio, se expresa con un hilillo de voz. Parece estar al límite de sus fuerzas. Es la viva imagen de la senectud, un hombre exhausto, exprimido a lo largo de los años hasta agotar todas sus energías, desinflado. Y pese a ello, cada tarde, invariablemente, aparece en la parroquia. ¿Para qué? Para nada. Está frente a Dios, y ya. Unos niños que le ven todos los días le admiran casi como fans: “mira, Mamá, es un héroe”. Y la madre asiente: “sí que lo es”.

Cada día, primero hace una parada en la fuente que se acuesta en el muro del templo. Se sienta en el borde y permanece allí unos minutos, quieto, apoyando las manos en su bastón, mirando la gente pasar. Entonces sus ojillos sí que se mueven, vivarachos, escudriñando a todo el que pasa delante de él. Sus pupilas no pierden detalle de los vecinos: las madres que recogen a los niños del colegio, los camareros del bar, los conductores gritones, las parejas de ancianos como él que pasean amarraditos del brazo. Cuando ha recobrado el aliento, entonces se levanta y se encamina a la iglesia. Y allí sus ojos no se mueven, sólo miran a un punto fijo.

Una tarde de invierno comenzó a llover torrencialmente. Era un invierno ya de por sí desapacible, muy ventoso, y el diluvio lo embraveció aún más. Pasaban los coches por la calle de la parroquia y entonces uno de los niños admiradores gritó: “¡Mamá, el héroe!” A duras penas, a través de las ventanillas, pudieron verle: el viejo caminaba, a la velocidad habitual, bajo el agua, con el bastón en una mano y en la otra, un paraguas casi tan extenuado como su dueño, y por supuesto, inservible, porque el hombre iba empapado. El padre detuvo el vehículo, cedió el volante a su mujer y salió a la calle. Se acercó al anciano y le acompañó hasta su casa. Él le miraba y le agradecía sin palabras. Volvía de donde siempre, de la iglesia. No había fallado tampoco ese día. Vivía a unas decenas de metros, pero tardaron más de veinte minutos en llegar. Le dejó en la puerta de su casa. “¿Necesita ayuda?” “No, no, gracias, está mi hija”.

La primavera siguiente dejaron de verle. Como nunca llamaba la atención, tardaron unos días en darse cuenta de que ya no iba a la iglesia. “Está enfermo”, dijo el cura cuando preguntaron por él. Y al poco tiempo, murió.

Han pasado varios años. Desde entonces, cuando pasan delante de la iglesia, de la parte que hace esquina y que acoge la fuente, alguno de los niños, que ya no lo son tanto, hace algún comentario sobre el pobre viejo que se sentaba en el borde, apoyado en su bastón, y luego caminaba, renqueante, extenuado, hasta el templo y se arrodillaba delante del Sagrario.

-Pobrecillo.

– Qué mérito tenía.

– Andaba lentísimo.

– ¿Hace cuánto murió ya?

-Vivía aquí al lado, más adelante.

-Tú llegaste a hablar con él, ¿no, Papá?

-Sí, le acompañé un día que llovía de una manera escandalosa; el pobre, aun así, había ido a rezar…

-No fallaba un día.

-Se llamaba Juan.

-No, no, Juan, no – interrumpe el más pequeño -. Él era el héroe. Un auténtico héroe.

Y dejan atrás el muro y la fuente y van, aunque sea un momento, a la iglesia.

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